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NOTAS BIO-BIBLIOGRAFICAS 
Nací en Binissalem, el mayo de 1936. Soy, pues, de antes de la Guerra. Pero esta guerra y la Segunda Mundial hizo que careciéramos de lo más esencial, para alimentarnos, para crecer lo debido y para educarme. Pasé los primeros 6 ó 7 años entre el pueblo y la ciudad. En Binissalem, vivimos en el pequeño callejón que daba a la parte trasera de nuestra casa que era el café de Cas Teixidor. Mis antepasados fueron tejedores, y de ahí el nombre de t eixidor . El callejón fue el principio de una manera de vivir retirado. Las casas del callejón se convirtieron en los primeros límites del alma; me sentía protegido por ellas. Años después, los lindes se convirtieron en temporales, en los días y los meses de que podía disponer para adentrarme en mí mismo. Incluso creo que llegué a poseer una especie de intimidad física en Binissalem, un cajón de la consola que me dejaron para mí y de la que incluso llegué a poseer la llave. Nadie tenía porqué saber lo que había allí dentro si yo no lo abría, como las intimidades humanas. Y nunca nadie me la invadió.
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A los 8 años ya trabajaba y no pude asistir a las clases de los de mi edad. Hasta los 17 no pude estudiar con cierta regularidad. Primero fui monaguillo en la parroquia de Santa Cruz, después de San Cayetano y, por último, de la de San Jaime de Binissalem. En Palma asistí a muchas proyecciones de películas en la pantalla de La Protectora. En la parroquia del pueblo, conocí al alcalde en los oficios religiosos dominicales; y como un día me diera permiso para que entrara de gratis al cine que era de su propiedad, desde entonces me hice el encontradizo para que me volviera a invitar al cine que no podía pagar. El alcalde se llamaba Jaime Martí, y era alto y vestía de pana en invierno. El cine me ha acompañado toda mi vida.
Estuve tres o cuatro años delante del cuadro de teléfonos del pueblo donde tengo el recuerdo de que aprendí a leer libros y a mirar las viñetas de los tebeos. Trabajé en la hostelería desde 1954 hasta 1972; del 1957 al 72, en el hotel Acapulco, en la playa de El Arenal. Me licencié en 1973, en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Barcelona, y ejercí en los colegios de San José Obrero y Luis Vives, los primeros años de profesor y, desde 1977, hasta 2001 de agregado y posteriormente de catedrático en los institutos de Enseñanza Secundaria - IES - Berenguer d'Anoia de Inca, y Guillem Sagrera de Palma.
Mi expediente académico nunca fue extraordinario; no es extraordinario, simplemente porque estudié fuera de plazo trabajando en la hostelería, y no tuve tiempo de asimilar mis lecturas ni las de clase como se debía. Sufrí mucho y durante mucho tiempo por ello. Esta dolencia, después, con la meditación continua de mis materias y en el retiro y silencio de mis horas de entrega a la literatura y a la lectura en general, desapareció y me dio seguridad y sentido en mis juicios.
Trabajé en la central telefónica del pueblo, como ya he dicho. Allí tuve mucho tiempo para leer, meditar y ensoñar. Fue la primera vez. A los 21 años entré en la conserjería del Hotel Acapulco y volví a disponer de tiempo. De cuatro o cinco meses dispuse durante los inviernos de unos 18 años, a los que aproveché para estudiar el bachillerato y realizar mis estudios universitarios. Leí muchos libros de la colección Austral, libros de mi disciplina de castellano y de literatura. Luego, obtenida la licenciatura, trabajé en la enseñanza y he continuado leyendo, reflexionando y creando y editando tres meses anuales durante los restante 30 años.
Una persona cuya profesión sea muy cansada nunca podrá meditar como otra que dispone de silencio y soledad para contemplar las cosas de la naturaleza y las del espíritu. No lo hará un bracero ni un labrador.
En estas circunstancias creé el mundo del que vivo. Para llegar a él, he tenido que pasar por zonas de largas confusiones y abismos. No me ha interesado nunca lo que estaba fuera de mi mundo. No he participado de la política, ni de los avatares de las generaciones literarias.
Puede que mi mundo gire alrededor de este personaje serio, grave y ético que he presentado, y que todos mis personajes sean derivaciones suyas. Suele suceder que las almas de los autores reflejen su constitución en los entes de sus ficciones. Hemingway pertenecía a la Generación Perdida. Sus obras siempre representan la metáfora de la lucha.: Por quien doblan las campanas , la guerra; Las nieves del Kilimanjaro , la caza; El viejo y el mar , la pesca; Fiesta , los toros. Los protagonistas suelen ser perdedores. Los míos, de la misma manera son reflejos del alma que busca con ansiedad esclarecer su mundo, iluminarlo, con ideas, con imágenes y con sus reflexiones sobre las formas de su propio lenguaje.
Nada tiene que ver mi mundo con la realidad social de mi época. |